La llegada de Manolo Tomé (Moaña, 1950) al banquillo del Ourense ha resultado providencial. Sus números han colocado a un histórico al borde del colapso en la zona tranquila, en la antesala de la salvación y como revelación de la segunda vuelta.
En sus doce partidos en el banquillo, el Ourense ha sido capaz de ganar en siete ocasiones, con tres empates y tan sólo dos derrotas. Además, se ha convertido en un estorbo para los grandes. El Las Palmas, en el día tonto, fue capaz de sacarle los colores.
Tomé ha dado sobre todo tranquilidad al Ourense. En su regreso a Galicia después del paso por la Cultural, Torredonjimeno, Linares y Talavera entre otros equipos, el moañés se ha convertido en una especie de psicólogo para un equipo rojillo con los nervios a flor de piel.
Primero apostó por lo sencillo. Juego directo, verticalidad y más presencia en el área rival. Por ahí gestó los primeros resultados positivos y sacó al equipo de los puestos de descenso en los que estuvo diez semanas casi consecutivas.
Después, con menores urgencias y con las tranquilidad, se decantó por el juego combinativo. a base de toques el Ourense puntuó en la cancha del líder Universidad, desnudó por completo al Castillo y volvió a lucirse el domingo en Vecindario.
Desde su regreso, dieciséis años después, Tomé no había parado de pregonar su gusto por el fútbol. Enamorado de la escuela holandesa -lo fichó Rinus Michels para el Barça y allí coincidió con Cruyff- quería que su equipo ganase divirtiendo. Aún asumiendo que en Segunda B y máxime en la situación que encontró al club era casi imposible.
Ahora tan sólo le queda sellar la permanencia matemática y comenzar a planificar el futuro. Cuando el 24 de enero estampó su firma con el Ourense tenía una cláusula que le renovaba en caso de salvación. El próximo curso, si le dejan trabajar, el objetivo debe ser más ambicioso.
Fuente: La Voz de Galicia.